Sin hablar, y hasta a veces sin mirarse, se entendían. Los dos sabían lo
que el otro sentía, aunque fuera en silencio. Y cuando estaban solos, se
dejaban ser, se soltaban, limitándose a hacer lo que les gustara, y a sonreír.
Sentían la química, la chispa que corría entre ellos cada vez que se dejaban
libres.
Él se maravillaba con ella cada vez que la veía. Sentía la necesidad de abrazarla y sentir su fragilidad, su perfume, su piel, su pelo. Sentía la necesidad de sus labios y la felicidad de no tener que reprimirla. Sentía, hasta más que ella, cómo lograban amoldarse el uno al otro en un beso.
Ella era distinta a él. Le gustaba lo arriesgado, el estar siempre sorprendida o con algo de adrenalina adentro. Como toda mujer, lo sentía distinto, y cuanto menos lo tenía, más lo necesitaba. Se enamoraba de los recuerdos, de las situaciones, pero no estaba segura de estar tan enamorada de él como demostraba. Le encantaba construir con él, situaciones perfectas, que les dieran luego en qué pensar. Le encantaba dejarlo siempre con ganas de más, aunque ella no las sintiera.
Como en las películas, y sintiendo que todo tenía una canción de fondo, subían a la terraza del edificio, a sentirse los únicos en el mundo. El lugar casi no estaba protegido, pero a ella le encantaba el viento en su cara, el tenerlo cerca, el vértigo y por sobre todo, el atardecer. Él sentía la libertad, la sentía suya y con eso le bastaba.
Casi en un precipicio, se sentaban a disfrutar de la soledad juntos. Ella cruzaba sus piernas sobre las de él, y con las manos en el cuello, le acariciaba el pelo. El la tomaba de la cintura, o le acariciaba la cara, tratando de congelar el momento. No se distinguía realidad de fantasía, no se distinguía qué pensaban y qué decían, era sólo la música, el sol, la vista, y ellos. La energía que los mantenía unidos, era casi visible en ese lugar. Era la primera vez que sentían besos tan profundos, y en esos momentos, ella sí lo sentía. Ella era su todo, él sólo la hacía feliz.
Él se maravillaba con ella cada vez que la veía. Sentía la necesidad de abrazarla y sentir su fragilidad, su perfume, su piel, su pelo. Sentía la necesidad de sus labios y la felicidad de no tener que reprimirla. Sentía, hasta más que ella, cómo lograban amoldarse el uno al otro en un beso.
Ella era distinta a él. Le gustaba lo arriesgado, el estar siempre sorprendida o con algo de adrenalina adentro. Como toda mujer, lo sentía distinto, y cuanto menos lo tenía, más lo necesitaba. Se enamoraba de los recuerdos, de las situaciones, pero no estaba segura de estar tan enamorada de él como demostraba. Le encantaba construir con él, situaciones perfectas, que les dieran luego en qué pensar. Le encantaba dejarlo siempre con ganas de más, aunque ella no las sintiera.
Como en las películas, y sintiendo que todo tenía una canción de fondo, subían a la terraza del edificio, a sentirse los únicos en el mundo. El lugar casi no estaba protegido, pero a ella le encantaba el viento en su cara, el tenerlo cerca, el vértigo y por sobre todo, el atardecer. Él sentía la libertad, la sentía suya y con eso le bastaba.
Casi en un precipicio, se sentaban a disfrutar de la soledad juntos. Ella cruzaba sus piernas sobre las de él, y con las manos en el cuello, le acariciaba el pelo. El la tomaba de la cintura, o le acariciaba la cara, tratando de congelar el momento. No se distinguía realidad de fantasía, no se distinguía qué pensaban y qué decían, era sólo la música, el sol, la vista, y ellos. La energía que los mantenía unidos, era casi visible en ese lugar. Era la primera vez que sentían besos tan profundos, y en esos momentos, ella sí lo sentía. Ella era su todo, él sólo la hacía feliz.
Malena













