Ella
Él había sido lo único que me hacía sentir viva, mi ilusión. Quien me entendía y me amaba de verdad, lo más importante en mi vida; y ya no lo tenía conmigo.
Lo había despedido en el aeropuerto, anhelando ya su regreso; y no había imaginado que ése beso sería el último y que sus manos ya no se aferrarían a mí como lo habían hecho. Nunca imaginé que ese vuelo le quitaría la vida.
Me sentía destruida, impotente, vacía. Sabía que daba mi vida por un minuto más, por un te amo más.
Había sido todo muy rápido, en cuestión de minutos el motor dejó de funcionar y desestabilizó el avión haciéndolo caer al océano. No se habían encontrado restos .
No podía controlar mis lágrimas en aquel día lluvioso en que me dieron la noticia. Fue entonces que no aguanté más, no podía dejar de recordar esos momentos que habíamos pasado juntos en estos siete años. Sentía su voz, su perfume, recordaba aquella noche que nos juramos amor eterno. Todo lo que veía me recordaba a él; ahora que ya no estaba sentado en el sillón conmigo y las camisas que había dejado ya no vestían su cuerpo.
Fue entonces que abrí la puerta de mi casa y corrí, corrí por la playa dejando que las lágrimas se mezclaran con la lluvia, corrí lo más rápido que pude hasta llegar al acantilado. Me paré en el borde y vi las aguas agitadas por la tormenta golpeando contra las rocas. Seguía llorando. Sabía que debía ser fuerte pero no podía, él había sido el hombre de mi vida y ya no quería seguir viviendo sin él.
Sólo deseaba sentir que volaba en ésa caída y luego dejar que el mar agitado hiciera de mi lo que se le antojara. Estaba atemorizada y sentía frío. Pensé en él una vez más y despegué mis pies del borde.
Fue entonces que oí un grito desesperado y lleno de dolor, una voz que gritaba mi nombre, una voz inconfundible, su voz; y en ése instante de la caída lo ví, lejano en la playa corriendo hacia mí. Ya no podía detenerme, ya casi tocaba el agua. Quise gritar de dolor y de pánico, cuando me di cuenta que él estaba vivo por alguna razón, y yo estaba suicidándome. Pero fue tarde, el agua tapó mi boca y ya casi no era consciente.
-Te amo para siempre- Pensé, poniendo todas mis fuerzas en que él lo escuchara, pero sabiendo que no era ni una mínima parte de lo que sentía.
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Él
Odiaba mentirle, desde hace siete años estábamos juntos y no nos escondíamos secretos; pero esa vez quería darle una sorpresa, así que le mentí. Recuerdo que fue una noche de martes cuando le pedí que a la mañana siguiente me acompañara al aeropuerto; le dije que tenía que viajar a Alemania por tres días, porque mi jefe me había encargado un trabajo especial. Ella, sonriente, aceptó.
Al día siguiente, charlamos todo el viaje, como solíamos hacer, y me dejó en la puerta de la terminal, ya que le expliqué que no tenía sentido que se quedara hasta que yo me fuera, y que además debía realizar unos trámites previos al embarque. Allí nos despedimos con un beso, esperé media hora en el café y en vez de subirme a un avión como le había dicho, alquilé un auto para ir hasta un pueblo cercano, donde sólo debía encontrarme con un viejo amigo que me vendería, mediante un contrato, una hermosa casa en ese tranquilo lugar.
Era una casa de ensueño, en medio del campo y quería llevarla allí cuando ya estuviera lista, como una sorpresa. Ella siempre había querido una casa como ésa; tan grande, espaciosa, luminosa, con techo a dos aguas, pintada de blanco.
Feliz de poder cumplir nuestro sueño, imaginaba nuestra vida mientras conducía el silencioso Megan en la ruta mojada por la lluvia. Escuchaba en la radio las noticias, parecía un día tranquilo, sin tráfico. De pronto oí que anunciaban un accidente de avión ocurrido hacía una hora, y subí el volumen. Un vuelo a Alemania que había tenido un desperfecto en el motor y había caído al océano sin dejar rastros. El número de vuelo coincidía con el que yo le había dicho que tomaría.
Paré el auto al costado de la ruta para llamarla y decirle la verdad, aunque arruinara mi sorpresa, pero no contestó el teléfono. Llamé a la casa de sus padres y tampoco contestaron. Tuve la esperanza de que cuando por la televisión djieran los nombres de los fallecidos, ella no encontrara el mio y supiera que estaba vivo.
Conducí a toda velocidad, buscando alguna manera de tomar el carril contrario para poder regresar. Me costó encontrar el lugar, pero finalmente pude tomar la ruta contraria. Fui a una velocidad que sobrepasaba los límites y pude llegar a la cuidad al poco tiempo.
Luego conducír por el asfalto mojado hasta llegar a casa, subí en el ascensor y encontré la puerta de casa abierta. Entré y la busqué por todos lados. Encontré su teléfono, sus cosas, pero ella no estaba.
Corrí hacia la playa, lugar en el que siempre le había gustado estar, aún en los días de lluvia. Me paré en un médano alto, buscandola, sin importar que la lluvia me mojara. Fue entonces cuando la ví, lejos, en la punta de el acantilado, y no podía estar haciendo otra cosa que suicidarse. Desesperé, corrí y grité su nombre, pero fue tarde. La vi caer y un segundo después ella ya no estaba. Grité con todas mis fuerzas, y corrí al mar a buscar su cuerpo, luchando con las aguas que jugaban con el mio.
En un momento creí verla y nadé hacia ella, toqué su mano fría y quedé mirándola tan fijamente que no ví la desmesurada ola que venía hacia mi, para terminar también con mi vida.