martes, 7 de diciembre de 2010

paz

La lluvia finita y copiosa del verano había cesado hacía unos minutos, pero las copas inalcanzablemente altas de los árboles todavía goteaban. Esos árboles de troncos algo finos, con un poco de moho y hojas más bien alargadas nunca dejaban ver el cielo: hacían las veces de un techo impenetrable, lo cual en días de lluvia generaba mucha más humedad que de costumbre. En ese bosque, quien no conocía el lugar podía quedar atrapado toda su vida, ya que los árboles eran uno igual al otro, y la vegetación era muy tupida. Corrí la vegetación a un lado para poder pasar y me sorprendió lo que vi. De repente se abría un claro. Al entrar en el él, me di cuenta que ya no estaba nublado, sino que el cielo estaba despejado y el sol brillaba otra vez. El campo era hermoso, el pasto estaba más verde que nunca a causa de la reciente lluvia, y a unos metros de donde yo estaba, un río se deslizaba suavemente. Al mirar un poco más allá, vi que el río venía desde una pequeña montaña que generaba una  cascada perfecta. Las rocas que formaban aquella montaña, no tenían forma definida, pero cada una complementaba a otra. En la cima de aquella pequeña montaña, había un árbol de copa redondeada, el cual, me llamó la atención, pues estaba solo y era único en su especie en ese lugar. Comencé a andar por el pasto, quise tocar aquel río que parecía ser tan suave y calmo. Me di cuenta de que ese lugar que no estaba en los mapas, ese lugar que nadie conocía, me traía paz. El ruido de los pájaros, la brisa tibia y el silencio, la tranquilidad y la belleza del lugar, hacían inconcebible la idea de que en ese mundo ocurrieran las cosas que ocurren. El agua del cristalino río era casi tibia, e iba a un ritmo tranquilo; su suave ruido me transmitía serenidad. 

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